La XEW: El material de los sueños
Por: Pável Granados
N56

La XEW: El material de los sueños


“…lo recibía una alfombra que lo conducía a un estudio con un piano propio…”.
Imágenes: Tomadas de XEW, 13 años por los caminos del espacio, XEW, México, 1929

El autor del libro XEW. 70 años en el aire repasa algunas de sus vivencias en la legendaria estación de radio. Y nos recuerda que buena parte de la identidad cultural mexicana y latinoamericana se gestó en la calle de Ayuntamiento.

Todavía, en Ayuntamiento 52 y 54 se encuentra el edificio en donde estuvo la XEW. Ya no existe el restaurante que había en la acera de enfrente, La esperanza. Ese negocio estaba desde el principio, cuando los artistas todavía eran pobres y pedían fiado. Muchas veces firmaban un pagaré, pero el dueño prefería no cobrarles, sino enmarcar los pagarés y colgarlos, para que se supiera que los grandes compositores y las voces más populares, en sus inicios, no habían tenido para comer. A fines de los años noventa, el lugar cerró.
Ya los músicos de antes no van al café San José, en la esquina de Ayuntamiento y Luis Moya. Hace mucho, vi ahí a Manolita Arriola, la voz de los discos Peerless, la gran bolerista y cantante de música ranchera, tomando su café. “Yo canté una canción que se llamaba El santo señor de Chalma; desde los años treinta, cuando la grabé, no la he vuelto a escuchar. Si encuentras ese disco, guárdamelo”. Era pequeñita, de pelo largo y canoso, y tenía una bolsa de mandado. Creo que fue el último fantasma de la época de la radio que vi por esas calles. ¿O habrá sido Mario Ruiz Armengol? El director de orquesta que acompañó a Pedro Vargas, a Ana María González, a Libertad Lamarque, el elegido por la Disney como director musical de los doblajes al español de sus cintas.


Si desafinaban, “un verdugo tocaba una campana y les daban las gracias”.
Imágenes: Tomadas de XEW, 13 años por los caminos del espacio, XEW, México, 1929


Ruiz Armengol, el autor de boleros como Muchachita, Por qué llorar y Triste verdad, vivía en un hotel, y no tenía piano. Un locutor de la XEW, Héctor Madera Ferrón, le pidió a los directivos que le permitieran usar uno de los estudios con piano.
“¿Está el maestro Ruiz Armengol?”. “Ahí pasando, en el pasillo, a la izquierda”. Yo no sabía que se me iba a olvidar todo tan pronto, los pasillos, las puertas, las lámparas. Toqué la puerta. Pasé. Platiqué con Ruiz Armengol de sus primeros discos, cuando acompañaba en el piano a Ramón Armengod, El chansonnier de México. Grabaron el tango Desengaño. “Sí, era una composición de mi padre, Ismael Ruiz Suárez. Él era director de la orquesta del Teatro Lírico, pero un día se fue de la casa y lo dejamos de ver muchos años. Me acuerdo perfectamente de ese tango…”. Puso las manos sobre el teclado y lo tocó igualito que en los discos de 1931.
“¿Quién era, maestro, la mejor cantante de todas?”. “Sin duda, Ana María González”, me respondió, y me di cuenta de que él estaba enamorado de esa cantante muerta muchos años antes.
Ana María en realidad se llamaba Olga del Valle Tardós. Cantaba desde niña, escondida debajo de la cama, oyendo en secreto La hora íntima de Agustín Lara en su Xalapa natal. Luego llegó a México y para que su familia no supiera que era ella la voz que cantaba boleros en la XEW, se cambió el nombre. Eso fue en 1935, 1936… Tiene un libro de memorias, Mi voz y yo; allí recuerda un momento en que Ruiz Armengol, mientras dirigía la orquesta, la miraba atentamente, y ella pensó que él podía estar enamorado de ella. Y quizá ella también. Nunca se dijeron nada.


La actriz Emma Telmo.

DE BULBOS O GALENA
Todo esto que cuento ocurrió en Ayuntamiento. Pero antes ya estaba la W en la calle 16 de Septiembre, número 9, en los altos del cine Olimpia, el primer edificio construido en el país para funcionar como cine. La primera piedra la puso Enrico Caruso, en 1919, durante su único viaje por México, y en 1921 se inauguró.
Los estudios de Ayuntamiento se fundaron en 1930, el 18 de septiembre. Por primera vez los micrófonos de la estación se abrieron y se escuchó la voz de Nicolás de la Rosa que saludaba al público. Luego, La marcha de la alegría, el doctor Alfonso Ortiz Tirado, el guitarrista Francisco Salinas y otros artistas. Eran unos pequeños estudios, elegantemente decorados. La sala tenía escupideras, como se acostumbraba entonces, grandes ventanales, muebles art déco.
En 1919 ya había radios de galena en el país. Para 1923 la XEB (estación que fue propiedad de la cigarrera El Buen Tono) canjeaba envolturas vacías de cigarros por radios. Poco a poco, la gente se fue haciendo de uno. Había de todos precios, desde los muy baratos que usaban galena —una piedra con propiedades magnéticas y que sólo requería de unos pequeños audífonos— hasta las grandes y lujosas consolas de bulbos.
Originalmente, Emilio Azcárraga no hacía radio, sino que vendía discos y aparatos de la RCA Victor. La gente compraba los aparatos, pero casi no había estaciones en la Ciudad de México. Estaba la XEB, que no transmitía a diario y, como no pagaba a sus artistas, la programación tenía serias deficiencias. La W, esa “moderna chimenea del ensueño”, como se anunciaba, se creó para satisfacer a un público que iba a llegar pronto, y que iba a querer cada vez más canciones, más voces, más orquestas…
Así, los radios se volvieron comunes luego de inaugurada la W. Entonces sonó por todas partes la potente “Voz de la América Latina desde México”.


Los primeros estudios de la XEW, en 16 de septiembre.

UNA CANCIÓN A LA SEMANA
En 1933 se inauguraron los estudios de  Ayuntamiento. Entonces don Emilio habló con un joven compositor, Agustín Lara: “Vas a tener tu propio programa de radio, pero tienes que estrenar una canción a la semana”. Por las tardes, a Lara lo recibía una alfombra que lo conducía a un estudio con un piano propio, impecable, sólo para sus manos. Lara levantaba la tapa y murmuraba al micrófono… palabras perdidas para siempre, porque el archivo de la estación fue a dar a la basura años después.
Las mujeres lo escuchaban obsesivamente. Todo lo que dijera Lara era cierto, era una explicación del amor y de la vida. Cuántas cartas se escribieron y llenaron de costales las oficinas de la W, cuántas enamoradas, cuántas penas de amor. La voz de Lara era un alivio. Todo el país se callaba para escuchar el bolero de la semana: “Di que tus rosales florecieron para mí, dame la sonrisa que dibuja la esperanza…”.

“YO INVENTÉ AL AMA DE CASA”
Había un programa que se llamaba El club de la escoba y el plumero en el que cantaba Lupita Palomera con su voz delicada, acompañada de la Marimba de los Hermanos Domínguez. Luego, en 1940, llegaron las radionovelas, con la voz de Emma Telmo. Los productores de radio escucharon en Cuba la primera de ellas, Anita de Montemar, y la trajeron a México. Todavía no sabían que las radionovelas serían en México el propedéutico para la vida.
Eran El derecho de nacer, San Martín de Porres, Chucho el Roto… Colgate, la productora de esas series, tenía su propio estudio dentro de la W para grabar los capítulos diarios. Rita Rey era la voz de las malvadas en muchas de ellas. Una vez fue a comprar estambre y escuchó a varias mujeres comentando la radionovela; cuando se refirieron a su personaje, una de ellas levantó una aguja en el aire y dijo: “Si me la encuentro por la calle, ¡la mato!”. Rita salió corriendo.
Con toda razón, Azcárraga dijo: “Yo inventé al ama de casa”. Sus ideas, sus canciones, sus radionovelas salían desde sus antenas de 50 mil watts de potencia y llegaban a Sudamérica. Por onda corta, la XEWW cubría más aún. Por eso Bésame mucho, Solamente una vez o Frenesí fueron escuchadas en todo el mundo. América Latina se contagió por muchos años de una manera de sentir y de concebir el amor, la vida y la política, pues durante la Segunda Guerra Mundial, la W fue portavoz de los Aliados. Por única vez, la música de la estación se politizó y hasta los jingles hablaban de la Guerra.


También hubo radioteatros con obras clásicas, y programas “culturales” como Los catedráticos, con personajes como El Bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes. El público mandaba preguntas sobre cultura, y si los catedráticos no podían responder, el concursante ganaba un premio.
Pura Córdova era la locutora con la voz más fina y seductora, lozana y fresca. Su risa y sus frases de amor cautivaban al público. Tenía enamorados en todos los hogares. Varias veces recibió propuestas de matrimonio, pero tenía un físico tan desfavorecedor que nunca apareció  en televisión.
En La hora del aficionado se inscribían quienes anhelaban cantar en la W. En ese programa descubrieron a María Elena Marqués, Ema Elena Valdelamar y Chela Campos, por ejemplo.
Pocos llegaban a la final, pero los que iban pasando las etapas del concurso recibían un premio: les acercaban una copa llena de pesos y podían llevarse los que pudieran agarrar con una mano. Si llegaban a la final, tenían la suerte de cantar en el Teatro Alameda, con la esperanza de ganar el ansiado contrato para ser estrella de la W. Si desafinaban, si cantaban feo, si la gente silbaba, un verdugo tocaba una campana y les daban las gracias. Todavía le quedaba al concursante una consolación: podía cruzar la calle e ir a un pequeño estudio de grabación frente a la XEW, que, por un precio razonable, grababa su participación. Y se podía retirar a su casa, con el testimonio de su paso por la W.
Son muchas las historias de los años de esplendor de W, que van de la fundación a 1955, cuando la televisión la fue dejando de lado. En ese año prácticamente ya no se hacían programas en vivo, el último fue el de Cri Cri, quien se despidió del público a finales de los cincuenta.
Actualmente, en el edificio de Ayuntamiento se graban programas de Televisa. Lo que pudiera considerarse como la heredera de la XEW, W Radio, transmite desde el sur de la Ciudad.